LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO

  La fiesta de la Presentación del Señor pertenece de alguna manera al ciclo de la manifestación del Señor: luz en la noche de nacimiento, luz en su epifanía, luz en su bautismo, luz en su presentación al templo. Como dirá el anciano Simeón, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, es la «luz para alumbrar a las naciones». Una luz que, al mismo tiempo, anuncia la luz de la noche de Pascua. Realmente Cristo, llamado en el Credo «Luz de Luz», crece y se difunde.

   En Cristo, se cumple la profecía de Malaquías: Jesús es «el mensajero de la alianza» que purifica el templo y restablece la alianza. El mensajero de la alianza que vendrá cinco siglos más tarde será portador del Evangelio, pero tendrá también la misión de purificar a su pueblo: separar el bien del mal en el juicio. Su mensaje será percutiente para muchos y se alzará como «signo de contradicción». Los tiempos mesiánicos han empezado.

   Pero ese mensajero divino se encarnó y se hizo uno de nosotros, como nos recuerda la segunda lectura, para poder redimir plenamente la naturaleza que había asumido. Jesús es rescatado («consagrado») al Señor, como todo primogénito, y prefigura al Cordero que rescatará a toda la humanidad con su muerte sacrificial en la cruz.

   En el evangelio queda representado el pueblo que sale al encuentro del Señor en Simeón y Ana. Nosotros, como dirá el prefacio, «llenos de alegría, salimos al encuentro de tu Salvador», en espera de su regreso glorioso.