VIERNES SANTO: LA CELEBRACIÓN DE HOY.

 VIERNES SANTO EN LA PASIÓN DEL SEÑOR 

   Participamos hoy en una liturgia del todo singular. Su sobriedad nos hace vivir el acontecimiento de la cruz. No hay celebración de la Misa, praxis unánime tanto en Oriente como en Occidente. El altar quedó desnudo después de la Cena del Señor. No hay adorno floral. 

   La celebración, que ha de tener lugar lo más cerca a la hora nona, tiene tres grandes partes: 

    La Liturgia de la Palabra, que se prolonga en la oración universal, la adoración de la santa Cruz y la sagrada Comunión. 

 El Misterio de la santa Cruz es proclamado-invocado, adorado y comulgado. 

Postración 

   Todo comienza con un gran silencio, así como terminó la última celebración. Ahí entendemos la íntima relación. El sacerdote se reviste con casulla roja y se dirige hacia el altar, y, hecha, la reverencia al mismo, se postra rostro en tierra y ora por algún espacio de tiempo. El altar y la cruz adquieren un relieve singular en este día. Ambos son lugar de la entrega de Cristo. Ante su sacrificio, el sacerdote se postra rostro en tierra reconociendo su propia indignidad y pecado; asimismo el del pueblo que le ha sido confiado y que ha de cargar sobre sus hombros de buen pastor. Es un gesto de humildad. Postración de todo el cuerpo sobre el humus, sobre la tierra, porque polvo somos y al polvo retornaremos. Pero este gesto no es exclusivo del sacerdote; pudiéramos pensar que evoca el día de su ordenación, en el que también tiene estas connotaciones de reconocimiento de la propia pequeñez. Sin embargo, es un gesto de todo el pueblo de Dios, de la asamblea celebrante. De ahí que se invite a que todos se pongan de rodillas, postura también de humildad y de reconocimiento de la divinidad. Así todo bautizado expresa su propia indignidad y desobediencia ante Aquel que es dador de gracias y Cordero inocente. 

Oración 

   Después el sacerdote va a la sede y con las manos juntas y sin decir Oremos, eleva al Padre una de las dos oraciones propuestas. Ambas disponen nuestros sentidos interiores a acoger la Palabra de Dios. La primera suplica a la misericordia divina que santifique con eterna protección a los fieles, puesto que el Misterio pascual fue instituido por la sangre de Jesucristo. La segunda hace anamnesis del antiguo pecado, origen de la muerte, y de cómo Cristo por su pasión nos ha recreado a su imagen y semejanza. 

Primera parte: Liturgia de la Palabra 

   Una novedad de la reforma de Pío XII (1956) es la introducción de las lecturas de Is 52, 13—53, 12 y Heb 4, 14-16; 5, 7-9. En este día se proclaman los textos del cuarto cántico del Siervo de Yavhé, en el que se dibuja el Misterio pascual cumplido en Cristo; el salmo 30 nos invita a unirnos a las mismas palabras que Cristo dirige al Padre desde la cruz: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu; la carta a los Hebreos nos muestra la ofrenda sacerdotal de Cristo en obediencia amorosa al Padre; el culmen de la Liturgia de la Palabra lo hallamos en la lectura de la Pasión según san Juan, en la que se presenta al Cristo victorioso sobre la cruz, al Cordero inocente del Jordán que con su sacrificio realiza una nueva creación: los definitivos desposorios con la nueva humanidad; en su costado abierto tiene lugar el nacimiento de la Iglesia, los sacramentos. En este sentido el versículo al evangelio, tomado de Flp 2,9 nos da la clave soteriológica del evangelio de Juan: Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre. 

Sigue la homilia.

La oración universal 

   Es prolongación de la Liturgia de la Palabra. Su origen se remonta al Sacramentario Gelasiano Vetus y fue la que inspiró la oración de los fieles o universal que la reforma del Vaticano II introdujo en el Misal. Se trata de un segmento facultativo en las ferias, obligatorio en fiestas, domingos y solemnidades. La verdadera oración de los fieles es la que nos hace tomar conciencia de pertenecer a un mismo pueblo y ser hijos de un mismo Padre. Esto es, la respuesta común que elevamos al Señor. Por eso, hemos de distinguir dos partes en toda oración universal. La primera sería la presentación de las intenciones. En la Liturgia del Viernes santo contamos con diez grandes intenciones-invitaciones. La segunda sería lo que propiamente llamamos oración de los fieles; esto es, la respuesta a cada intención que pronunciamos todos juntos. Habitualmente encontramos respuestas del tipo: Te rogamos, óyenos; escúchanos, Señor, y ten piedad. ¿Cuál sería la oración de los fieles del Viernes santo? En primer lugar, el silencio que se abre después de cada intención-invitación. Ese silencio de toda la asamblea, en segundo lugar, es elevado a lo más alto por medio de la voz del sacerdote que dirige al Padre una plegaria, en la que suplica distintas gracias por los diversos grupos de personas por los que pide. La gestualidad nos habla también del significado del momento. Los fieles pueden permanecer de rodillas o de pie durante todo el tiempo de las oraciones. 

   Las intenciones-invitaciones han de ser propuestas por un diácono o, en su defecto, por un fiel laico. Constituyen un total de diez, síntesis de las necesidades de la Iglesia y el mundo en el que vive y por el que Cristo ha derramado su sangre en la cruz: I. Por la santa Iglesia; II. Por el Papa; III. Por todos los ministros y por los fieles; IV. Por los catecúmenos; V. Por la unidad de los cristianos; VI. Por los judíos; VII. Por los que no creen en Cristo; VIII. Por los que no creen en Dios; IX. Por los gobernantes; X. Por los atribulados. 

   Merece la pena meditar con sosiego cada una de las invocaciones con su respectiva oración para unirnos mejor al Corazón de Cristo en la cruz que se ofrece por todos al Padre.

 Segunda parte: Adoración de la santa Cruz 

   El actual Misal ofrece dos formas para mostrar la cruz según las exigencias pastorales. En la primera, el ministro porta la cruz, velada con un paño morado y acompañada por dos cirios, hasta el presbiterio. Una vez allí, va desvelando en tres momentos la imagen (parte superior, derecha, resto de la cruz) diciendo esta invitación: Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. A la que los fieles responden: Venid a adorarlo. Todos se ponen de rodillas. En la segunda, el ministro porta la cruz descubierta, acompañada de cirios, y hace tres paradas (en la puerta, en medio de la nave y en el presbiterio) invitando a los fieles con las mismas palabras de antes. Todos se ponen, igualmente, de rodillas. El sacerdote invita por tres veces a mirar, a contemplar el árbol de la cruz. Se trata de una mirada profunda y agradecida a Cristo, Salvación del mundo, que como poderoso imán atrae los corazones hacia Sí (cf. Jn 12,32). Es un gesto que evoca al estandarte elevado por Moisés en el desierto, a Cristo levantado en el Calvario, que, en este segmento litúrgico, quiere concentrar toda la atención de los fieles para que contemplando la cruz queden sanados y alcancen la salvación, la vida eterna (cf. Jn 3,15). Este gesto, por tres veces, se volverá a repetir en la Liturgia de la Vigilia pascual; allí con el cirio, evocando otro episodio en el que encontramos a Moisés y la mano providente de Yavhé. 

   Esta cruz que eleva la liturgia del viernes es acompañada de cirios. Cristo viene como luz del mundo. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios (Jn 3,19-21). Son las mismas palabras del prólogo; el que se abre a la luz tiene vida y el poder de ser en verdad hijo de Dios (cf. Jn 1,12). Por eso, la Liturgia descubre en tres momentos el Misterio de la redención. En la cruz se nos ha revelado el Dios uno y trino; en este Dios Trinidad hemos recibido la vida de la gracia, la filiación divina. Del costado abierto del Salvador brotan los sacramentos de la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. 

   La segunda forma expresa de modo más elocuente el Misterio pascual. La procesión parte de la puerta, imagen del mismo. Constituye toda una simbología. La puerta de las ovejas con la que Jesús se identifica en el capítulo 10 de san Juan es una imagen que apunta a su pasión. La puerta en un aprisco es el elemento que sirve para proteger a las ovejas que se cobijan dentro. Sufre toda clase de inclemencias del tiempo: fríos, heladas, lluvias, vientos, calores; así como golpes y violencia de aquellas alimañas que quieren acabar con la vida de las que están dentro. Jesús al identificarse con la puerta está apuntando al Calvario. Él ha extendido todos sus miembros en la cruz, dejándose abrir en su pasión de pies, manos y costado por aquel que quiere arrebatarnos la vida como león rugiente (cf. 1Pe 5,8), ocupando el lugar que nos correspondía por nuestro pecado. En sus heridas hemos sido curados (1Pe 2,24). De ahí que la puerta del templo sea imagen de Cristo, por cuya humanidad traspasada tenemos acceso directo al trono de gracia (cf. Heb 6,14), al Padre. Al partir la procesión de la puerta y desvelar junto a ella la imagen del crucificado se quiere actualizar este Misterio de redención. Por segunda vez es desvelado en medio de la asamblea por quien Cristo vierte su sangre. En un tercer momento, junto al altar, lugar de la cruz y del sacrificio único y definitivo. 

   En la primera forma, el hecho de ir mostrando progresivamente la imagen, velada durante los días previos, ayuda a penetrar con mayor profundidad en el misterio del amor de Cristo. Por eso la Iglesia nos invita a caer de rodillas y adorarlo. Así es como responde la asamblea, no solo con sus labios, sino también con su cuerpo. Adoración de la santa Cruz A partir de este momento, la Cruz ocupa un lugar central en el presbiterio, junto al altar.

   La Liturgia nos invita a adorarla. El gesto que hacemos al acercarnos es la genuflexión, que se prolongará hasta la Vigilia pascual como saludo a la Cruz. La genuflexión habitualmente está reservada para adorar la presencia sacramental de Cristo en la Eucaristía. 

   El primero que adora la Cruz es el sacerdote. La nueva edición del Misal ha introducido como gesto potestativo, el que el sacerdote se quite los zapatos y la casulla para la adoración. Se evidencia así el respeto hacia lo sacro, hacia el Misterio, revelado en Cristo, que evoca la actitud de Moisés en el Sinaí (cf. Éx 3,5); por otro lado, el despojarse de la casulla nos recuerda el gesto realizado ayer en el lavatorio y que conecta los dos momentos de la misma celebración. Los fieles la adorarán mediante genuflexión o un beso.

Tercera parte: Sagrada Comunión 

   Hoy, aunque no hay celebración de la Eucaristía, la Iglesia no nos priva de la Comunión eucarística. La reserva hecha en la tarde de ayer se trae al altar, que es preparado con un mantel, sobre el que se extiende un corporal. Los cirios que han acompañado al Santísimo sacramento en su traslado se ponen cerca del altar o sobre él. El sacerdote deja sobre el corporal al Santísimo y lo adora con una genuflexión. Se sigue en este momento la liturgia eucarística del ordinario de la Misa, a excepción del rito de la paz. 

   Acabada la distribución de la Comunión, la reserva se hace en un lugar digno preparado fuera de la iglesia. 

   Todo concluye con la oración después de la Comunión que hace alusión al Misterio pascual en el que hemos participado, pidiendo que vivamos siempre entregados a Dios. 

   Así termina la celebración iniciada en la tarde del jueves. Y, de nuevo, con un gran silencio, que se prolongará en el segundo día del Triduo, el Sábado santo. 



DIOS todopoderoso y eterno,
que nos has renovado
con la gloriosa muerte 
y resurrección de tu Ungido,
continúa realizando en nosotros,
por la participación en este misterio,
la obra de tu misericordia,
para que vivamos 
siempre entregados a ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.