SOLEMNE VIGILIA PASCUAL: LA CELEBRACIÓN.
Nos detenemos en la riquísima celebración de la madre de todas las vigilias, como decía san Agustín. Nos recuerda la rúbrica (n. 1 Vigilia pascual) que, según una antiquísima tradición, esta es una noche de vela en honor del Señor (Éx 12,42). Los fieles, tal y como lo recomienda el evangelio (Lc 12, 35-37), deben asemejarse a los criados que, con las lámparas encendidas en sus manos, esperan el retorno de su Señor, para que cuando llegue los encuentre en vela y les invite a sentarse a su mesa.
La Vigilia ha de ser una en cada parroquia o comunidad y consta de cuatro grandes partes: El lucernario, la liturgia de la Palabra, la bautismal y la eucarística. Aquí desemboca todo el itinerario cuaresmal en su doble aspecto: catecumenal y penitencial.
En los primeros siglos, la Cuaresma tenía un fuerte carácter catecumenal; durante este período los catecúmenos se disponían para recibir la iniciación cristiana en esta noche santa. Este itinerario ha sido recuperado en la Vigilia pascual en la reforma litúrgica con la publicación del Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos (1972), siendo la Cuaresma para ellos un tiempo de preparación inmediata a su iniciación.
Será a partir del siglo V cuando la Cuaresma adquiera un tinte penitencial. La instauración del Ordo de los Penitentes hizo que también este camino fuese un tiempo de oración y purificación, en el que al final del mismo (Jueves santo) los penitentes eran reconciliados con el fin de que pudiesen recibir la Eucaristía en la Vigilia pascual. Este sentido preparatorio, de morir al hombre viejo y nacer con Cristo a la novedad de la Pascua, está presente hoy día.
Primera parte: Lucernario o solemne comienzo de la Vigilia
Todo comienza en la noche. La oscuridad lo envuelve todo, tal y como quedó la tierra al morir Cristo en la cruz. Es esa tiniebla del prólogo de san Juan en la que yacía el mundo desde el pecado original. Cristo, el Verbo de Dios encarnado, ha venido como luz del mundo. La Encarnación es como ese hilo de oro que atraviesa la historia humana en toda su entretela; Cristo entra en este mundo en el silencio y en la noche de Belén asumiendo todo lo humano para redimirlo en la cruz. Y así, definitivamente, asumiendo la noche de la creatura, al padecer muerte de cruz, es capaz de sacar este hilo de oro en la noche de la resurrección, cuya mañana se convierte para siempre en claridad, uniendo lo humano y lo divino; haciendo que la luz de su resurrección ilumine toda la historia humana.
Bendición del fuego y preparación del cirio
El sacerdote hace una monición y utiliza la expresión esta noche que se repetirá en el pregón pascual, en el prefacio, y en la plegaria eucarística. Se refiere al hoy de la Liturgia. Estamos viviendo la Pascua eficazmente; aquí y ahora Cristo derrama sobre nosotros las mismas gracias que se vertieron sobre la humanidad aquella noche sagrada. Recuerda, asimismo, cómo nos unimos a todos los creyentes, diseminados por el mundo, recordando la Pascua del Señor, para que, escuchando su Palabra y celebrando sus misterios, podamos tener parte en su triunfo.
En medio de la oscuridad se enciende una hoguera. Este fuego nuevo es bendecido, así lo llama la oración a tal efecto. Fuego nuevo porque es imagen del Hombre nuevo, Cristo Jesús, luz de las naciones. La oración de bendición pide que, al celebrar las fiestas de Pascua, se encienda en nosotros deseos tan santos que podamos llegar con corazón limpio a las fiestas de la eterna luz.
Este fuego va a encender la luz del cirio, símbolo de Cristo resucitado. Así los fieles serán encendidos en el amor a Cristo, para mantenerse como hijos de la luz hasta el encuentro con Él.
Comienza ahora un rito cristológico sobre el cirio. Con un punzón el sacerdote traza la señal de la cruz. Después, traza en la parte superior de esta cruz la letra griega alfa, y debajo de la misma la letra griega omega; en los ángulos que forman los brazos de la cruz traza los cuatro números del año en curso (n. 11, Vigilia pascual).
Es toda una catequesis acerca del poder del Hijo de Dios, que ha sido levantado por la resurrección a lo más alto (cf. Flp 2,11). Cristo es el principio y el fin, alfa y omega (Ap 1,8). La cruz, que se va trazando, no es un signo de derrota y humillación, sino que ha sido transfigurada por la fuerza de su amor en signo de esperanza y de vida. La cruz ha realizado una nueva creación, levantando a todo hombre de todo lugar y tiempo. Este gesto halla una conexión directa con la cruz y evidencia la identidad entre el crucificado y el resucitado. El árbol de la cruz que se alzaba en la liturgia del Viernes santo, lo encontramos ahora en alto, lleno de luz y de vida. Por eso, en este momento la liturgia propone otro gesto profundísimo: la introducción en el cirio cinco granos de incienso, en forma de cruz.
Es ahí, como los mismos discípulos en las apariciones, donde vemos esa continuidad entre el cuerpo crucificado y resucitado del Maestro: Mirad mis manos y mis pies, soy yo, no soy un fantasma (Lc 24,39). Los cinco granos de incienso evocan las cinco llagas de la pasión, entonces llenas de sangre y dolor; ahora traspasadas de luz, vida y buen olor. Un muerto, tras descomponerse en el sepulcro, desprende un hedor desagradable. Jesucristo es el Eterno viviente, que no muere más; por eso sus heridas desprenden perfume, el de la caridad y la verdad, que hacen bella su figura ante nuestros ojos.
En este momento, el sacerdote enciende el cirio pascual con el fuego nuevo, diciendo: La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu. Como vemos se trata de todo un rito cristológico que revela la profundidad de esta columna de fuego que va a comenzar a guiar al nuevo pueblo de Dios a través de la noche.
Ahora, como el Domingo de ramos, el sacerdote precede la procesión hasta la iglesia. Él porta al mismo Cristo, a quien representa, y como Israel -tal y como actualizará la lectura del paso del Mar Rojo- guía al nuevo Israel en la noche de la liberación. Asimismo, como el Viernes santo, hay tres paradas en las que el sacerdote muestra a Cristo-Luz diciendo: Luz de Cristo; a lo que la asamblea responde: Demos gracias Dios.
La primera parada es en la puerta de la iglesia, imagen de Cristo. En este gesto se completa el Misterio pascual (muerte y resurrección) que ya veíamos en la tarde de la Pasión. Cada vez que un cristiano entra por la puerta recuerda y actualiza su propia Pascua, su Bautismo. Es lo que vamos a renovar en esta noche sagrada.
La segunda parada es en medio de la asamblea. Este Cristo resucitado, al igual que crucificado, se para en medio de los fieles por los que iba a la cruz, por los que ha resucitado. Estos pueden entender que en sus heridas han sido curados y participan de esa salvación recibiendo la luz del resucitado. Es en este momento donde la luz se distribuye a los fieles, aumentado así el resplandor de la Pascua. V
El tercer lugar es junto al altar, completando de igual modo el gesto del Viernes santo al ser el altar expresión de la actualización de los dos aspectos del único Misterio pascual. Pregón pascual Tras haber cantado el último Luz de Cristo, el ministro coloca junto al ambón en Cirio pascual; una vez incensados el libro y el Cirio, anuncia el pregón pascual en el ambón, estando todos de pie y con las velas encendidas en las manos. La postura es la del Resucitado y las velas encendidas evidencian que en su Resurrección hemos resucitado todos (cf. Col 2,12).
Pregón pascual
El cuerpo del pregón es una larga anamnesis del misterio de la salvación: en primer lugar se hace referencia a la deuda de Adán (cf. Gén 3,1), cancelada por la sangre de Cristo (cf. Col 2,14); en segundo, a la fiesta de Pascua, cumplida en Cristo, verdadero Cordero cuya sangre consagra la puerta de los fieles (cf. Éx 12,1-12); en tercer lugar, a la salida de Egipto (cf. Éx 14,15-15,1a), tanto a la columna de fuego, como al paso del mar Rojo (actualizado en la procesión anterior). Estas anamnesis son introducidas por la actualización esta noche. El pueblo de Israel esperaba la venida del Mesías en la noche, evocando la de la creación, la de Abraham, la del Éxodo... Así es como también nosotros esperamos la venida del esposo en la noche (cf. Mt 25, 1-13): Esta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo» (Is 60,19).
El autor pasa a realizar una preciosa y profunda reflexión teológica: ¿De qué nos serviría haber nacido / si no hubiéramos sido rescatados? / ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! / ¡Qué incomparable ternura y caridad! / ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo! / Necesario fue el pecado de Adán, / que ha sido borrado por la muerte de Cristo. / ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! A continuación, vuelve a la Resurrección de Cristo, pasando a su vez a la resurrección moral de la humanidad, en concreto a la Iglesia (ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos). Denomina al cirio sacrificio vespertino de alabanza, ya que es símbolo del Misterio pascual. Esta columna de fuego es una ofrenda al Padre elevada por los ministros de la Iglesia; es una ofrenda que ha de arder sin apagarse, como el sacrifico eterno de Cristo, para destruir la oscuridad de la Vigilia pascual Delegación diocesana de Liturgia. Toledo 9 noche de este mundo, que contrasta con esta noche (la noche de Dios y de su Resurrección). Este cirio, que es Cristo, une cielo y tierra, lo humano y lo divino y nos asocia a las lumbreras celestes. Concluye el pregón con una bella alusión a la Resurrección de Cristo: Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo: / ese lucero que no conoce ocaso, / y es Cristo, tu Hijo resucitado, / que, al salir del sepulcro, / brilla sereno para el linaje humano, / y vive y reina por los siglos de los siglos.
Segunda parte: Liturgia de la Palabra.
Esta segunda parte es prolongación de la primera. Si ha sido la columna de fuego la que nos ha guiado como nuevo pueblo de la Pascua, ahora es esta misma columna, Cristo, quien ilumina toda Escritura para comprender el alcance de la misma y el cumplimento definitivo en su persona.
Por eso, si fuera posible, sería muy conveniente que todas las luces del templo permanecieran apagadas, para leer a la luz del Resucitado todo el Antiguo Testamento.
La reforma de la Vigilia propuso nueve lecturas: siete del AT y dos del NT (epístola y evangelio). Donde sea posible, han proclamarse todas, para salvaguardar el carácter vigiliar de la misma. Por motivos graves de orden pastoral puede reducirse el número de lecturas del AT; pero téngase siempre en cuenta que la proclamación de la Palabra divina es parte fundamental de esta Vigilia pascual. Deben proclamarse, por lo menos, tres lecturas del AT, concretamente de la Ley y los Profetas, y cantarse los respectivos salmos responsoriales. Nunca puede omitirse la lectura del capítulo 14 del Éxodo (tercera lectura) ni su canto (n. 21 Vigilia pascual).
Antes de comenzar la Liturgia de la Palabra el sacerdote hace una monición en la que invita a los fieles a escuchar en silencio creyente la Escritura, los acontecimientos más significativos de la historia sagrada, y a orar intensamente, para que el designio de salvación universal, que Dios inició con Israel, llegue a su plenitud y alcance a toda la humanidad por el misterio de la resurrección de Jesucristo.
Cada una de las lecturas y salmos vienen selladas por una oración, en la que la Iglesia hace una petición creyente con la mirada puesta en Cristo, cumplimiento de toda Escritura.
La última oración, que propone la lectura séptima, sintetiza bellamente lo dicho: Oh, Dios, que para celebrar el Misterio pascual / nos instruyes con las páginas de ambos Testamentos, / danos a conocer tu misericordia, / para que, al percibir los bienes presentes, / se afiance la esperanza de los futuros.
Después de esta última oración se encienden los cirios del altar, y el sacerdote entona el himno del Gloria, que todos prosiguen mientras se hacen sonar las campanas, según las costumbres de cada lugar. Es importante este himno del que hemos ayunado durante toda la Cuaresma y que, como en la noche de la Navidad, expresa cómo se une en la Liturgia cielo y tierra; cómo Dios entrando en el tiempo ha elevado a su creatura a la eternidad.
Y toda esta primera parte de la Liturgia de la Palabra veterotestamentaria se cierra con la oración colecta de la Misa, en la que se hace anamnesis de la luz que inunda esta noche santísima y se pide que avive en la Iglesia el espíritu de la adopción filial, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a su servicio. A continuación, se proclama la epístola (Rom 6, 3-11). A esta lectura se encaminan las anteriores. Cristo nos ha hecho partícipes de su Misterio pascual. El apóstol nos muestra el Bautismo como una identificación con Cristo muerto y resucitado, que nos hace correr a nosotros su misma suerte: Consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
Después, se anuncia el canto del Aleluya, diciendo el diácono al obispo: Os anuncio una gran alegría, el canto del Aleluya. Cántico del que hemos ayunado durante toda la Cuaresma y que manifiesta nuestra alabanza al Señor por su victoria sobre el pecado y la muerte: Aleluya, aleluya. aleluya. Se acompaña por el salmo 117, 1-2. 16-17. 22-23.
Los evangelios están tomados según el ciclo de su correspondiente evangelista: Mt 28, 1-10: Ha resucitado y va por delante de vosotros a Galilea (A) ; Mc 16, 1-7: Jesús el Nazareno, el crucificado, ha resucitado (B); Lc 24, 1-12: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? (C).
Tercera parte: Liturgia bautismal
Hemos vivido en las dos primeras partes bajo el fuerte signo de la Luz. En esta tercera lo hacemos sobre el del Agua. Luz y Agua, dos elementos que nos hablan de la nueva vida que se inició en nosotros el día de nuestro Bautismo.
La Liturgia bautismal tiene una doble ritualidad, que depende de si hay o no celebración de Bautismo o iniciación cristiana.
Si se da el segundo caso -que sería ideal- después del llamamiento se va en procesión a la pila bautismal cantando las letanías de los santos; luego se bendice el agua bautismal, tiene lugar el interrogatorio de las renuncias a los adultos o padres de niños; la unción con óleo catecumenal, si no lo han recibido antes en la mañana en los ritos preparatorios; interrogatorio acerca de la profesión de fe; podría aquí hacerse la renovación de las promesas bautismales de toda la asamblea; después tiene lugar el Bautismo; la crismación de los niños; la entrega de vestidura blanca a niños y adultos; la entrega de la luz desde el cirio pascual; se omite el effetá en los niños; luego todos regresan a sus sitios y el sacerdote, en ausencia del obispo, administra la Confirmación a los adultos. Cabe destacar de este primer modo la riqueza que ha supuesto la recuperación de la iniciación cristiana completa.
En una única celebración se administran y reciben tres sacramentos, iniciándose así la vida cristiana en su plenitud. Importante es la invocación a los santos, aquellos que desde el primer momento en que comienza nuestra vida cristiana salen a nuestro encuentro como intercesores, modelos y amigos. Importante también el sentido fuerte de la comunidad que acoge, acompaña y ora por todos los candidatos, consciente de ver cómo crecen sus miembros.
En el segundo modelo, si no hay bautizos, se pasa directamente a la bendición del agua común. Con ella haremos memoria de nuestro Bautismo, pediremos que nos renueve y permanezcamos fieles al Espíritu Santo. La oración hace anamnesis de cómo Dios se ha servido del agua en la historia de salvación: en la creación, como principio de vida; como causa purificación, en la liberación de la esclavitud; como remedio contra la sed, al golpear la roca; y, finalmente, el agua adquirió un significado novedoso en el Jordán, donde Cristo la santificó e inauguró el Bautismo que ahora se aviva en nosotros recibiendo esta agua. Después, si no se ha hecho en la profesión de fe de la iniciación cristiana, se renuevan las promesas bautismales. Aquí hay un recuerdo explícito del sentido que ha tenido la Cuaresma, como tiempo de preparación para morir al hombre viejo y renacer a la vida nueva con Cristo. Simplemente recordar cómo las preguntas están formuladas en plural, pero respondemos en singular. Se nos pregunta como pueblo de Dios, pero respondemos ante Dios personalmente. Asimismo, rechazamos personalmente al demonio y a sus obras.
Cuarta parte: Liturgia eucarística
Esta última parte, como en cada Eucaristía, viene a actualizar el Misterio pascual. Hoy, si cabe, con una resonancia mayúscula: En esta noche dirá el prefacio. Tras la oración después de la Comunión, en la que se pide que vivamos concordes en el amor, tiene lugar la triple bendición y la despedida de la asamblea con el podéis ir en paz, aleluya aleluya; al que el pueblo responde: Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya, y que se prolongará durante toda la Octava de Pascua, sirviendo también de broche de oro al final de la Pascua en el Domingo de Pentecostés.
